
Verano. Noche. Viernes. Tarde. La alameda iluminada por sus grandes farolas blancas. Se respira humedad, tranquilidad, complicidad... Abanicos que mueven el quieto aire, de un lado a otro. Sandalias de mujer, cubiertas de arena. Hielo que se deshace lentamente en vasos ajenos.
Su vestido rosa. Su camisa blanca. Su cercanía. Su lejanía. Su gloss iluminado. Su mirada tentadora.
Se escucha de repente la melodía iniciadora. Contacto leve de sonrisas. ¿Inocencia? Tal vez...
Y comienza. Movimientos. Lentitud. Latidos descompensados. Respiraciones mutuas de sentimiento compartido.
Y ...se para.
Silencio.
Incertidumbre.
¿Por qué?
Hay un sí. Y un no. La vida es injusta, y a veces la personas también.
Hay un sí. Y un no. La vida es injusta, y a veces la personas también.
Reflexión. Insistencia. Sígueme! Te conduciré al fin del mundo! Has encendido el fuego de un VOLCAN en mi esxistencia!
Y se ve una luz. Una luz no real. Se ve en su cara. En su expresión. Recíproco y mutuo.
Realidad y fantasia se unen en un eterno instante. Retroceso momentáneo al inicio, donde la perfección casi se rozaba. Mirada con mirada. Mano con mano. Suspiro entrecortado.
Se piden. Se dan. ¿Recuerdan esos labios peregrinos de Shakespeare? Pues esos...
Se pedirán la vida, y no podrán negarsela.




